El título del presente post hace referencia a las declaraciones que el pasado 22 de agosto. Emilio Calatayud, Juez de Menores de Granada afirmaba en prensa que hay violar la intimidad de nuestros hijos. Estas declaraciones han creado polémica en toda la comunidad educativa (que recordemos, somos todos: padres, educadores, maestros, pedagogos, etc.) Y no es para menos.

 «Hay que violar la intimidad de nuestros hijos» Emilio Calatayud

El Artículo 197.1 del Código Penal establece que “El que, para descubrir los secretos o vulnerar la intimidad de otro, sin su consentimiento, se apodere de sus papeles, cartas, mensajes de correo electrónico o cualesquiera otros documentos o efectos personales, intercepte sus telecomunicaciones o utilice artificios técnicos de escucha, transmisión, grabación o reproducción del sonido o de la imagen, o de cualquier otra señal de comunicación, será castigado con las penas de prisión de uno a cuatro años y multa de doce a veinticuatro meses”… y nada más que añadir…

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Entonces, ¿debemos violar la intimidad de nuestros hijos?

intimidad de nuestros hijos
Violar la intimidad de nuestros hijos puede tener nefastas consecuencias en el desarollo de nuestros hijos

Estamos demasiado acostumbrados al binomio acción-reacción y en educación nos falta dirigir nuestra atención a las causas. ¿Qué tipo de relación paterno-materno-filial “demanda” la vulneración de la intimidad de nuestros hijos? Desde luego no la basada en la comunicación, el cariño, la aceptación, el respeto y/o la confianza.
Sabemos que el primer ambiente social que conocemos los seres humanos es nuestra familia. Y sabemos que el papel que juegan nuestros progenitores en nuestro desarrollo y maduración de nuestra personalidad es fundamental. También conocemos las consecuencias que provoca la falta de afecto durante la infancia. Además, disponemos de una amplia bibliografía que define los trastornos. Estos suelen agudizarse durante la adolescencia y pueden persistir hasta la edad adulta. Y por último, también conocemos el dolor emocional que provoca la falta de confianza de aquellas personas más cercanas a nosotros.

¿Hasta cuándo vamos a seguir desprestigiando tanto conocimiento? En las causas están las respuestas. Y afortunadamente, si no se conocen, se aprenden.

Autora del artículo: Rebeca Palacios