La palabra infantil, según su etimología, proviene del latín infantilis que significa “relativo a los bebés”. Su composición léxica se correspondería co; in- (negación), fari (hablar), -nt- (agente, el que hace la acción), más el sufijo -il (razgo, debilidad). Quedando lo infantil relacionado -por definición- a la incapacidad de hablar. Es decir, a lo débil, o en otras palabras, a una predisposición a la sumisión por naturaleza. Se crea una figura tácita que toma un papel fundamental para la comprensión de la infantilización como un proceso; el padre.

Aquella autoridad que educa al humano durante sus primeros años de vida posee un rol clave. Por ejemplo, en la formación de la personalidad y el carácter configurando-mediante la enseñanza-. En la capacidad de acción del sujeto en desarrollo y, así mismo, las limitaciones del susodicho. Sin embargo, existen claras diferencias entre la crianza que los padres imparten en sus hijos (basándose en sus conocimientos previos, valores familiares y motivaciones personales que, se supone, deberían estar impulsadas por amor al/la hijo/a) y el sometimiento a nivel social a la infantilización por parte de políticas estatales que buscan instalar miedos y subestimar a la población mediante un manejo discursivo que, paradójicamente, parece inocente cuando es todo lo contrario.

Ejemplos de infantilización

infantilización
Miedos infantiles

Para ejemplificar adecuadamente lo explicado en el párrafo anterior, se puede hacer un breve análisis del panorama cultural que atravesó la República Argentina durante la época del Proceso de Reorganización Nacional (período dictatorial comprendido entre 1976-1982).

En aquel entonces, el vaciamiento cultural y el exilio de intelectuales dejó a la sociedad desprovista de contenidos culturales críticos y reflexivos. Los programas de humor banal eran furor. La infantilización se podía percibir abiertamente desde las puestas en escena; en los episodios nunca faltaba una figura de autoridad masculina marcada. Por ejemplo, un comisario, un profesor, un padre. Dejando así a las mujeres (las pocas que aparecían) en un papel reducido a actuar como “niñas” caprichosas e ingenuas. Casualmente, muchas veces aparecían con peluches en mano. Es decir,  sin voz ni pensamientos trascendentes. Los chistes infantiles mayormente protagonizados por animalitos (no animales, animalitos). Además, abundaban en los guiones el uso constante de diminutivos para hablar. Y, los apodos como “Toto” o “Panchito” con los que los personajes se llamaban entre sí. Es decir, como su fueran niños de seis años (cuando en realidad tenían más de treinta).

Este bombardeo mediático se trasladó automáticamente a las prácticas cotidianas. Lo explica muy bien el autor argentino Guillermo O’Donell, cuando en el texto Democracia en la Argentina, explaya:

Si desde el aparato estatal se nos despojó de nuestra condición de ciudadanos y se nos quiso reducir a la condición de obedientes y despolitizadas hormigas en los contextos del cotidiano -el de las relaciones sociales y los patrones de autoridad que dejen la vida diaria- se intentó llevar a cabo una similar obra de sometimiento e infantilización: los que tenían “derecho a mandar”, mandando despóticamente en la escuela, el lugar de trabajo, la familia, la calle; los que “debían obedecer”, obedeciendo mansa y calladamente (…) Así, casi perdimos el derecho de caminar por la calle si no vestíamos el uniforme civil- pelo corto, saco, corbata, colores apagados- que los mandones -militares y civiles- consideraban adecuado.

Paso a ser altamente aconsejable no ser diferente ni dar opiniones poco convencionales sobre los temas aún mas triviales. Así, también, fue anatema en las instituciones educativas preguntar, dudar y hasta reunirse por parte  de los que solo tenían que aprender pasivamente, y en muchos lugares de trabajo (incluso, por supuesto, pero no solo en las fábricas), entre esa coacción y la del creciente desempleo, fue perseguido todo lo que no fuera, igual que en los otros contextos, la obediencia del sometido. Incluso en la familia (…) Muchos padres sintieron que “retomando el mando” para garantizar la despolitización de sus hijos, los salvarían del destino de otros tantos jóvenes (…).

Para que el autoritarismo llegara a controlar todas las capas de la sociedad no hubiera bastado jamás, con los militares y los funcionarios de ese gobierno: (hizo falta) una sociedad que se patrullara a sí misma (…) hubo numerosas personas que (…) simplemente porque querían (…) se ocuparon activa y celosamente de ejercer su autoritarismo”.

¿Se siguen llevando a cabo procesos de infantilización hoy en día?

Con la bajada de línea en los medios de comunicación y la falta de alternativas culturales masivas. Lo ocurrido durante el Proceso de Reorganización Nacional dejó estragos que hasta hoy la sociedad argentina padece.

Con la globalización y el acceso masivo a Internet tenemos más herramientas a mano para estar prevenidos frente a políticas gubernamentales que traten de atentar contra el pensamiento crítico, infantilizando y reduciendo a la población a meras piezas productivas despolitizadas, repletas de miedos que inhiben a los sujetos a sentirse seguros para tomar responsabilidad de sus acciones. Aunque en la práctica no se refleje lo mismo.

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