La relación de ayuda

Se ha hablado en anteriores artículos sobre el peso que tienen distintos factores en una terapia psicológica. Entre esos elementos se ha mencionado la relación de ayuda, en la cual profundizaremos en este artículo.

La relación de ayuda (RA en adelante) ha sido estudiada por diversos autores, aunque uno de los que más aportó a su conocimiento fue Carl Rogers, por lo que bebe mucho de fuentes como la psicología humanista, el counselling, la inteligencia emocional, la psicología cognitiva y el entrenamiento en resolución de problemas.

Definiendo la relación de ayuda

Se ha definido la relación de ayuda de muchas maneras dependiendo del autor y debido a que, como veremos más adelante, no existe un único estilo de relación de ayuda. Rogers (1989), la define de la siguiente forma:

“aquella en la que uno de los participantes intenta hacer surgir, de una o de ambas partes, una mejor apreciación y expresión de los recursos latentes del individuo y un uso más funcional de éstos”

En cambio, Dietrich (1986) la define como:

“Una relación auxiliante en la que el ayudador intenta estimular y capacitar al sujeto para la autoayuda. La benevolencia y la actitud amistosa del asesor ante el sujeto, no significa que aquél tome las decisiones en nombre de éste, que fije la trayectoria vital del sujeto, que le alivie de toda responsabilidad y le quite todos los obstáculos del camino. Esta relación busca más bien crear un clima e iniciar un diálogo con el sujeto que permita a éste aclararse sobre su propia persona y sus propios problemas, liberarse y encontrar recursos para la solución de sus conflictos, y activar siempre su propia iniciativa y responsabilidad”

Y en tercer lugar, Madrid Soriano (2004) dice que la idea de la relación de ayuda:

“es la de facilitar el crecimiento de las capacidades secuestradas de la persona en conflicto. El fundamento que sustenta toda es la visión positiva de las capacidades personales para crecer y afrontar positivamente sus conflictos”

Analizando las tres definiciones vemos que, con sus matices, todas colocan un papel activo en la persona que solicita la ayuda. Por ello, lo habitual para referirse a esa persona en la relación de ayuda es como “cliente”, “usuario” o, simplemente, “persona”; evitando la palabra “paciente” porque conlleva otorgar al solicitante de ayuda un rol pasivo.

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Finalidad y objetivos

De acuerdo con Madrid Soriano (2004), con la relación de ayuda se persigue siempre una finalidad. Las personas que participan en ella aportan diferentes elementos y buscan resultados en base a la necesidad mutua de ser aceptados y apreciados y a la necesidad del demandante de ayuda de satisfacer sus necesidades alteradas. Por lo tanto, podemos remarcar como objetivos generales de la relación de ayuda el ayudar al cliente a:

  • Tomar o incrementar la conciencia respecto a sus problemas presentes.
  • Afrontar de forma realista sus problemas presentes y futuros, buscando diferentes posibilidades de solución.
  • Tener una comunicación clara y demandar abiertamente ayuda si la necesita.
  • A que aprenda nuevos comportamientos (experimentándolos en un ambiente seguro) que le puedan ser útiles para solucionar sus problemas actuales.
  • Encontrar un sentido a su situación actual en relación con su forma de vida.

A todos estos objetivos cabría sumar que el ayudante recibe como beneficio secundario que, a su vez, aprende y es ayudado porque adquiere más experiencia relacional y vive una situación que le permite autoanalizarse y aumentar su autoconocimiento. Lo que le será útil para afrontar mejor futuras relaciones de ayuda.

Elementos básicos de la relación de ayuda

Siguiendo a Rogers (1989), para que se dé una relación de ayuda de calidad y que cumpla adecuadamente con los objetivos señalados anteriormente. Es necesario que haya por parte del terapeuta tres elementos que son básicos en toda relación de ayuda:

  • Empatía: entendida como actitud que predispone a captar los sentimientos, emociones, deseos, intereses y necesidades de la otra persona, para entender y comprender su experiencia. Esto sin llegar a confundir nuestros sentimientos y percepciones con los de la otra persona.
  • Aceptación incondicional: la aceptación de la otra persona tal como es. Esto permitirá ofrecerle un ambiente seguro para que se exprese y pueda encontrar, si quiere, nuevas pautas de comportamiento más saludables. Esta habilidad exige sensibilidad y capacidad para percibir y valorar objetivamente las necesidades de la otra persona y responder a ellas adecuadamente y con respeto.
  • Autenticidad: estilo de comportamiento que implica el hecho de mostrarse uno mismo tal y como uno es. Se requiere una madurez personal y ser consciente de las habilidades y debilidades.

Estilos de relación de ayuda

Se ha comentado antes que existen varios estilos de relación de ayuda. Según Bermejo Higuera (1998), la relación de ayuda puede estar centrada en el problema o centrada en la persona. En el primer caso, el terapeuta se identifica con el problema o con la situación presentada por el cliente, sin tener en cuenta los aspectos subjetivos con que el problema es vivido por éste. En el segundo caso, el terapeuta presta atención sobre todo a la persona y a cómo vive el problema. Toma en consideración al individuo en su totalidad.

Además, dependiendo del uso que el terapeuta haga de sus conocimientos, la relación de ayuda puede ser directiva o facilitadora. Si es directiva, el terapeuta es el experto. Quien ayuda recurre a un conjunto de comportamientos y técnicas que van a persuadir a la persona ayudada para que actúe como el ayudante indica. Si la relación es facilitadora, el terapeuta recurre principalmente a la capacidad de la persona ayudada, se trata de convertir a la persona con la dificultad en su propio investigador, a que tome conciencia de sus propios problemas y de cuáles son las posibles soluciones.

Estas dos dimensiones se combinan, dando lugar a cuatro estilos principales diferentes que se resumen en la Figura 1.

Figura 1. Elaboración propia basada en Bermejo Higuera (1998).
Figura 1. Elaboración propia basada en Bermejo Higuera (1998).

Ningún estilo es per se mejor o peor. Todo depende de quién esté delante del profesional y de lo que requieran las circunstancias dadas en un momento concreto. Por lo que un buen profesional debería saber oscilar entre los diferentes estilos según la situación. Ello sin perder de vista los objetivos y finalidad de la relación de ayuda.

Fases de la relación de ayuda

La relación de ayuda se divide en cuatro fases principales. Es importante señalar que, tal como indica Madrid Soriano (2004), es difícil definir el momento exacto en que termina una fase y comienza la siguiente y que, además, no siempre se llevan a cabo en una relación de ayuda todas las fases, puesto que pueden existir bloqueos por cualquiera de las dos partes implicadas. A continuación, presentamos las cuatro fases de forma resumida:

  1. Fase de Inicio: fase en la que se producen los primeros contactos entre el profesional y el cliente y se ponen las bases de la relación. La iniciativa corresponde al terapeuta que, se presenta, comunica sus responsabilidades y horarios, y orienta al demandante de ayuda dando un marco de referencia. Es lo que se conoce como encuadre. Por parte del cliente se plantea qué espera de esa relación y se comienzan a establecer los primeros objetivos específicos.
  2. Fase de Identificación: en esta fase se hace la evaluación de las necesidades de la persona. Se evalúan sus problemas, se definen los límites y las posibles causas o la atribución que hace de la misma. A partir de esta fase el cliente participa activamente. También se acuerdan definitivamente los objetivos específicos y la metodología.
  3. Fase de Aprovechamiento: fase en la que el terapeuta estimula al cliente a que participe en la consecución de los objetivos acordados respecto a la mejoría de su estado de salud o solución de su situación, ayudándole a que se fije expectativas realistas respecto a sí mismo y evaluando y estimulando su toma de responsabilidad en el proceso de solución de problemas.
  4. Fase de Finalización: en esta fase se da por terminada la relación. Se establecen y se comparten emociones por la finalización de la relación y se despiden las dos personas. Se revisan los objetivos conseguidos con el cliente y se estimula y favorece el autocuidado. La meta fundamental en esta fase es la de generalizar los aprendizajes a otras situaciones de su vida.

Referencias

Bermejo Higuera, J. C. (1998). Apuntes de Relación de Ayuda. Santander: Sal Terrae.

Dietrich, G. (1986). Psicología general del counselling. Barcelona: Herder.

Madrid Soriano, J. (2004). Los procesos de la relación de ayuda. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Rogers, C. R. (1989). El proceso de convertirse en persona. Barcelona: Paidós.