4 psicólogos por cada 100.000 habitantes (en el Sistema Nacional de Salud) es la prueba fehaciente de que, en España, nadie necesita ir al psicólogo; al menos, no al de la Sanidad Pública. Gracias a Dios, aquí tenemos claro que solo los locos necesitan ir al loquero y, si no, mirad Finlandia. Cuya ratio asciende a 47,2 por cada 100.000 habitantes porque se suicidan al no darles el sol. Así estamos, con una insultante media europea de 9,5 psicólogos por cada 100.000 habitantes. ¡Como si los necesitáramos!

¿Nadie necesita ir al psicólogo?

Os podría aburrir con cifras, artículos y estudios que apoyan la loca necesidad de que la Psicología Clínica sea verdaderamente reconocida en nuestra Sanidad Pública. O todo el proceso que hemos de vivir los psicólogos que queremos trabajar en ella recalcando las trabas. Trabas que, desde los organismos oficiales, se plantean instaurar en un futuro no muy lejano con el objetivo de que paguemos un máster de 6000€.

Sin embargo, prefiero contaros la historia real de Eloísa para que vosotros mismos juzguéis. Pensad si la salud mental pública y accesible es una necesidad o un lujo. Y decidáis si queréis aportar vuestro granito de arena (gratisaquí.  Eloísa tiene 18 años, no ha terminado Bachillerato como esperaba, es una fracasada, y se siente “sola, con un agujero que no sabe qué es”. Eloísa, como todos, ha aprendido que los agujeros se tapan y descubre que, comiendo, deja de pensar. Juntando una napolitana, un vaso de leche, un par de galletas, queso, unas patatas fritas, etc.

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¿Qué le pasa? ¿Necesita ir al psicólogo?

Su cerebro está ocupado durante un par de horas en las que no se siente bien, sino mucho mejor que meses atrás. No obstante, cuando pasan esas dos horas, Eloísa nota que algo no va bien. Casi no se puede ni mover, sino porque lo que ha hecho está mal, ha llenado el agujero, pero con cemento del malo. Se siente sucia, así que se lava  a conciencia, por dentro. Durante un año esa dinámica le va genial, llena el agujero, se siente bien. Lava el agujero, se siente bien. ¿Qué puede fallar? Pues la gente, que se vuelve un poco idiota: que si la ven con mala cara, que si tiene la piel demasiado blanca, que si qué le pasa en los dedos, que si está irritable, que si parece que no tiene energía… Ya sabéis lo que nos gusta opinar.

necesita ir al psicólogo
No podré conducir, pero ¡quién quiere coche teniendo sonrisas eternas!

El problema comienza cuando Eloísa celebra los 19 notando que ha perdido pelo. También las fuerzas para estar de pie y bastantes amigos porque no tenía ánimo para nadie. Así que se arma de valor, habla con sus familiares y acude al médico de cabecera. Éste le deriva al psiquiatra. Ese psiquiatra que la diagnostica de Bulimia Nerviosa. Le recomienda “controlarse el tema de las comidas” y le obsequia con varias pastillas de regalo.

Por supuesto, a partir de ahí, Eloísa no tiene ningún episodio más y continúa con su vida plácidamente.

¿No es bonito? Ir a la farmacia y tener la solución a los problemas en una pastilla multicolor del tamaño de la uña de un meñique.

¿Qué puede hacer entonces?

Pero no, Eloísa, por dar guerra más que nada, no es capaz de controlar los atracones. Se plantea, allá por sus 20, acudir a un “loquero de esos” por su cuenta. Necesita ir al psicólogo. Ni que decir tiene que el centro está saturado y que las citas son de vez en mes. Ya se sabe que los psicólogos son de trabajar quince minutos y cada mucho tiempo (es una nueva escuela a caballo entre Freud y el Humanismo); así que no sirve de nada, como sucede con todos los psicólogos.

Eloísa, no se podía permitir una aseguradora, ni pagar 60 euros semanales para acudir a una consulta privada; vamos, que la chica era un mar de impedimentos. Menos mal que, por suerte, consigue estar lo suficientemente grave para ser admitida en un hospital de día. En él, puede seguir una terapia psicológica con una temporalidad adecuada. Y, para sorpresa de todos, entra en los 21, sintiéndose, según sus palabras textuales “bien”, “bajo control” y sin necesidad de recurrir a la comida.

Entonces ¿qué tienen en común Eloísa y Jorge que no puede dormir? ¿ María y Julián que no saben qué hacer con su hijo autista o Luis que siente que tirarse por una ventana es el modo más adecuado de parar su llanto?

Pues que ninguno necesita ir al psicólogo ¿o es que no habéis leído el principio?