“Yo sólo cumplí órdenes”, fue la sucinta justificación que dio Adolf Eichmann. Este hombre es considerado como ideólogo del Holocausto nazi. También como uno de los actores fundamentales de los crímenes realizados por el régimen de Hitler. Su horrible misión como coronel de las SS nazis. Esta frase, pese a su aparente simplicidad, esconde tras de sí una terrible realidad. Un realidad acerca de la obediencia que la psicología social ha estudiado en repetidas ocasiones.

“Un estudio sobre la banalidad del mal” es el subtítulo del libro que escribió la filósofa judía Hannah Arendt. El título fue Eichmann en Jerusalén, ya que lo escribió en el contexto del juicio a Eichmann en la propia capital de Israel. Ella acudió en calidad de enviada especial de The New Yorker. Es una reflexión que causó mucha controversia, a mi forma de verlo, debido a su profunda lucidez, la cual superó con creces a la del magistrado que llevó la causa.

Éste describió a Eichmann como un vil monstruo, un desalmado antisemita que asesinó movido por un odio visceral hacia los judíos. Descripción que, a su vez, concordaba con la que tenía de él la opinión pública. Arendt, sin embargo, nos dejó una frase lapidaria: Eichmann era “terriblemente y temiblemente normal”. Ni siquiera lo consideraba un antisemita, sino un individuo extraordinariamente ambicioso y extremadamente obediente.

¿Tiene límites la obediencia?

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El experimento de Milgram investiga la obediencia y maldad humana

En paralelo con esta genial reflexión de Arendt, la psicología social se pregunta: ¿podemos todos llegar a hacer actos de tal maldad siendo buenas personas? Es decir, ¿es el mal una banalidad tal que puede resumirse, en algunos casos, como simple obediencia? Eso mismo se preguntó el psicólogo estadounidense Stanley Milgram. Propuso el que, seguramente, es el estudio más recurrente de la psicología social: los experimentos de obediencia de Milgram (1965, 1974).

Los experimentos de obediencia de Milgram

Estos experimentos comenzaron el mismo año en que se publicó Eichmann en Jerusalén. Es decir, en 1961, el mismo año del juicio del coronel de las SS). Consistían en una sala como la que aparece en la imagen, en la cual el sujeto experimental (teacher, profesor) tiene que realizar una prueba a un “estudiante”, el cual realmente está compinchado con el experimentador.

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Por cada fallo, el profesor administra una descarga eléctrica al estudiante, la cual irá creciendo de intensidad (de unos iniciales 15 voltios a un máximo de 450 voltios). Además, los interruptores del administrador de descargas están adornados con letreros: <>, <>, <<peligro, grave=”” descarga=””>>, etc. El último interruptor estaba situado sobre un letrero que rezaba <>. Además, a partir de los 120 voltios, el profesor puede oír los gritos del falso estudiante, tras los 150 voltios escucha sus súplicas (<<¡Sáqueme de aquí, por favor!>>) y así sucesivamente. Lo único que dice el experimentador al respecto es <>.

Volvamos a la pregunta realizada anteriormente:  ¿Podemos todos llegar a hacer actos de tal maldad siendo buenas personas?

Así, descubriremos que solemos ser demasiado benevolentes. Puesto que, al ser entrevistados por Milgram, la mayoría de sujetos opinaron que desobedecerían en torno a los 130 voltios, y especulaban que nadie o casi nadie llegaría a la etiqueta XXX, tan sólo algunos “sádicos“. Como inciso, es divertida esta concepción de que sólo los sádicos llegarían hasta el final ya que concuerda con la simplista descripción que daba el juez de Adolf Eichmann.

Sin embargo, Milgram, en sus experimentos, concluyó que un 65% de los sujetos llegaron ni más ni menos que a los ¡450 voltios! En distintas variaciones del experimento (un total de diecinueve), consiguió obtener distintas tasas de obediencia (entre un 0% y un 93%) para el mismo experimento. Por lo cual, quizá la pregunta ya no sea que si podemos realizar maldades siendo buenas personas (es evidente que sí), sino qué factores influyen para que buenas personas parezcan sádicos.

¿Qué factores llevan la obediencia al extremo?

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Eichmann en el juicio hablaba sobre la obediencia ante Hitler.
1. “Distancia emocional respecto a la víctima”. 

En los experimentos de Milgram, el 65% de obediencia inicial se convierte en un 40% cuando el aprendiz se encuentra en la misma sala que el sujeto experimental, mientras que se reduce al 30% si se pide al sujeto que obligue al aprendiz a situar la mano sobre una bandeja que da la descarga. A su vez, Adolf Eichmann consideraba a los judíos meras “estadísticas” y su trabajo era eminentemente organizativo y logístico, lo cual es psicológicamente más sencillo que el hecho de asesinar, directamente, a una persona. El hecho es alejarse de la víctima tanto como sea posible, tanto a nivel emocional como físico.

2. “Cercanía y legitimidad de la autoridad”.

En una de las variaciones que incluyó Milgram, el experimentador daba al sujeto experimental (al “profesor”) las órdenes por medio de un teléfono, esto es, desde fuera de la habitación. Esto redujo la obediencia muy considerablemente: sólo en un 21% de los casos se alcanzaron los 450 voltios. En otra variación, se sustituía, ante la vista del participante, al experimentador por un “ayudante”. Las órdenes eran las mismas y, sin embargo, sólo un 20% de los sujetos experimentales obedecían totalmente. De hecho, se producían rebeliones contra un poder que no constaba de legitimidad. El fervor que profesaba Adolf Eichmann por su homónimo, Hitler, y volviendo al tema que introducía el texto, aportaba a la causa genocida una legitimidad que no hubiera tenido otra fuente distinta.

3. Autoridad institucional. 

Para comprobar este factor, Milgram se trasladó de la Universidad de Yale a una pequeña oficina de Bridgeport. De esta forma, no contaba con la autoridad que le otorgaba el pertenecer a esta prestigiosa universidad. El porcentaje de obediencia se redujo sensiblemente: un 48%. De esta forma, no habría ejercido la misma presión en Eichmann un individuo anónimo que el führer del III Reich; menos aún para un ambicioso burócrata como era el alemán, con ansias por escalar en la administración alemana.

4. Influencia de grupo.

La influencia del efecto de grupo es algo verdaderamente asombroso, como la propia psicología social ha demostrado. En este caso, Milgram acompañó al sujeto experimental de dos “colaboradores” que tenían que oponerse a hacer caso al experimentador. De esta forma, ¡tan solo el 10% de los sujetos obedecieron al experimentador! De nuevo, es sencillo hilar este factor con el Holocausto nazi. Un gran número de alemanes (la mayoría) no apoyaba las políticas racistas del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. Sin embargo, se hacía sumamente complicado nadar a contracorriente de un sistema con muy pocas grietas internas y con una organización extremadamente cohesionada. Por inercia, por hacer “lo que hacen todos”, muchos fueron cómplices -a su pesar- del infierno nazi.

Conclusiones sobre la obediencia

Dicho todo esto, puede plantearse una terrible duda: ¿todos pudimos ser Adolf Eichmann si hubiéramos estado en su lugar? Evidentemente, no. Los juicios morales individuales tienen un importantísimo peso en las decisiones que tomamos. Sin embargo, existe la certeza de que, en determinadas situaciones, la obediencia puede ser la causante de un dilema moral que la ética, en muchas ocasiones, pierde. Realizando la pregunta desde otro punto de vista: ¿Habría sentido Eichmann ansias de un genocidio judío de no haberse dado la coyuntura que vivió? Yo, como Hannah Arendt, considero que es muy probable que no.

Es decir, la obediencia no lo es todo, pero puede hacernos parecer más malvados de lo que verdaderamente somos. Y, los juicios apresurados de alguien de acuerdo a determinados comportamientos, como psicólogos, nos alejan de la posibilidad de construir un buen retrato de lo que es dicho individuo, de ahí que el argumento “ha sido un loco” -ya hablemos de un genocidio, violencia doméstica o un asesino en serie, por ejemplo- suele ser una visión radicalmente simplista y que, en muchos casos, nos impiden ver las razones reales de una conducta concreta.

 

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