Violaciones:  ¿son casos aislados? ¿Cuál es la explicación psicológica de una violación?

Este verano saltó una noticia que dejó helado a todo aquél que supo de ella. El Ministerio del Interior -que no es sospechoso de feminista- nos daba a conocer un dato. En España se produce una violación cada 8 horas. ¡Y eso sólo según los datos oficiales! . Esto son 8.200 agresiones sexuales con penetración desde 2009, cuando comenzaron a contabilizarse estos casos. Evidentemente, Interior omite los casos de acoso callejero, gritos sexistas, intimidaciones, maltrato doméstico, tocamientos. Incluso, casos de violaciones que no incluyan penetración o aquellos que sí lo incluyan pero que no sean denunciados. Lo cual convierte el dato en una realidad aún más cruda, más dura. Es importante aprender antes qué es la cultura de las violaciones

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Conociendo estos datos, recordamos aquello de la sociedad heteropatriarcal. A veces no llegamos a entender verdaderamente qué es pero sus consecuencias son tan evidentes como extremas. Y es que, escépticos somo somos todos aquellos que nos dedicamos a una ciencia, nos cuesta creer en las casualidades. En concreto, los psicólogos sociales, obcecados como estamos en que no somos tan libres como muchos creen. Casi siempre vemos patrones de acción en casi cada conducta. Más aún, cuando es una conducta tan masiva pese a estar socialmente muy censurada... ¿o no?

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Una pista nos la dio un caso de violación grupal en los Sanfermines.

Semanas después, se hicieron públicos los whatsapps del grupo de amigos de los agresores. En donde no sólo alardeaban del delito, sino que un amigo dejó constancia de la “envidia” que sentía de no poder haber participado. “Dios los cría y ellos se juntan”, dice el sabio refranero español. La psicología dice algo parecido a ello.

Al menos, parte de la psicología, la cual habla de la hipótesis de la socialización (Weis y Weis, 1975). En donde la mujer sería una “víctima legitimada” y el acto de violación no sería más que la confirmación de unos roles. Los cuales establecen que el varón es fuerte y dominador, mientras que la mujer es débil, pasiva y busca la protección del hombre. Partiendo de este punto, que ya se señalaba hace cuarenta años, una sociedad machista sería el catalizador que formaría a los potenciales delincuentes sexuales. Este postulado apoyaría uno de los principales argumentos feministas, según el cual toda actitud machista en una sociedad, por trivial e ingenuos que parezcan, es un aliciente para fomentar los abusos machistas.

La influencia de los roles sociales en la violación

Estos roles fuertemente implementados en la sociedad no funcionaríviolaciones violaciónan como aliciente para la consecución de un episodio de violencia machista simplemente a modo de presión. Sino que también funcionaría como un sistema de recompensas, tal y como señala Fernández (2004): tras la agresión, la posición tanto del agresor como de la agredida cambia sustancialmente, ya que, mientras que la agredida adopta una posición en la relación de debilidad, el agresor logra un posicionamiento social de dominancia, lo cual concuerda perfectamente con los roles que señalaban Weis y Weis casi treinta años atrás. En todo momento, los individuos necesitamos acomodarnos a las relaciones naturales que se nos presuponen. De este modo, la agresión física sería posiblemente la forma más sencilla de mostrar un mayor poderío físico y, sobre todo social, sobre la mujer. Lo cual, a fin de cuentas, es lo que la propia sociedad machista exige.

El 23% de los chicos adolescentes entre 14 y 17 años conciben a las mujeres como inferiores y débiles. El 35% se muestran de acuerdo o muy de acuerdo con actitudes que justifican, niegan o minimizan la violencia de género“. Estos datos provienen de un estudio de la Fundación Mujeres y la UNED103. Además, “en España el 17,7% de los hombres menores de treinta años esté convencido de que “el varón agresivo es más atractivo”“. (Núñez, 2015) El primero de los datos muestra la presión que mencionaba anteriormente acerca de la necesidad de cada individuo de acercarse al rol que se le presupone. En el segundo caso, los datos evidencian un claro premio social hacia el violador. El cual, mediante la violencia, alcanzaría un estatus social mayor.

Ideología y cultura occidental como potenciadoras

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Ejemplo perfecto de legitimación de la violación

En 1980, Martha R. Burt fue más allá, al introducir la ideología y la cultura occidental como potenciadoras de mitos. Por ejemplo, que la mujer “pide ser violada”, “de tal forma que sus quejas y acusaciones no son sino coartadas de sus deseos sexuales ocultos”. Como explica Garrido (1989). ¿Habéis oído aquello de “cuando dice que no, quiere decir que quiere que insistas”?. Es un ejemplo perfecto del tipo de comentario al que Burt hacía referencia con el término “actitudes facilitadoras de la agresión a las mujeres”.

Experimentalmente, Burt encontró una relación significativa entre la aceptación de este tipo de mitos sobre la violación y la aceptación de la agresión contra la mujer. Es en este punto donde es preciso hablar de las trivializaciones. Las cuales se dejan ver con comentarios como “no, mujer, sólo es una broma”. Pues son susceptibles de crear mitos que personajes de una relevancia relativamente alta. Recordemos al maestro de la seducción Álvaro Reyes. Se encargarían de difundir de forma aparentemente ingenua, pero profundamente cargada de aquella ideología a la que Burt hacía referencia. Y, la asimilación y aceptación de estos falsos mitos acabaría por legitimar la violación. Y además, de la violación cualquier tipo de agresión contra la mujer.

La violencia es aprendida

Además, no se nos puede olvidar que, como dice Núñez (2015), “la violencia es aprendida”. Esto es fácilmente contrastable. Ya sea porque “entre el 70 y el 80% de los maltratadores vivieron en su hogar situaciones de violencia durante la niñez” (Núñez, 2015) o, porque la propia sociedad en donde el patriarcado y la violencia son fundamentales funciona como un escaparate de un mundo altamente globalizado.

¿La solución? Seguramente, la única posible es quizás la más complicada y la que más tiempo requiere para percibir cambios: la educación. Como todo problema social, “cambiar los estereotipos basados en prejuicios, actualmente vigentes, implica una necesidad de actuar sobre el aprendizaje social y la educación a corto, medio y largo plazo”. (Núñez, 2015)

Bibliografía

Fernández Villanueva, M. C. (2004). Violencia contra las mujeres: una visión estructural. Intervención Psicosocial, 13(2), 155-164.

Garrido, V. (1989). Psicología de la violación. Estudios de Psicología, 10(38), 91-110.

Núñez Domínguez, T. (2015). La violencia machista: Conceptos e implicaciones psicosociales. El tratamiento informativo de la violencia contra las mujeres. Inmaculada Postigo Gómez, Ana Jorge Alonso (coords.)(pp. 155-178). La Laguna (Tenerife): Sociedad Latina de Comunicación Social.

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