Mi propia historia de bullying

Recuerdo mi infancia con claridad. Recuerdo los días en los que mis amigas y yo preparábamos bailes para la clase de gimnasia en el colegio. Cómo sostenía aquel paquete de tazos de Pokemon que tanto me había costado reunir mientras bajaba, ilusionada, al parque. Cómo disfrutaba de mis vacaciones acompañada de mis eternas compañeras de curso cuando aún no había cumplido mis doce años. ¿Y el bullying?

bullying
Mis amigas me hacían bullying

Pero recuerdo aún mejor cuando aquellas amigas, sedientas de superioridad, me asignaban la tarea de bailar en la parte trasera. Cómo se mofaban de mí cuando me unía al grupo de chicos del colegio para hablar sobre la nueva digievolución de Patamon (según ellas, era un tema que yo únicamente trataba porque quería llamar la atención de mis compañeros masculinos). Cuando ingenua de mí, acepté ir quince días a un campamento con ellas, sin saber que desde el momento en el que nos montáramos en el autobús hacia Asturias me iban a dejar sola. Por supuesto, solo era una treta más cuya única finalidad consistía en hacerme ver el rechazo que me profesaban.

Recuerdo cómo aquellas pequeñas cosas —casi irrelevantes para otros— se unían para formar un nudo de dolor en mi estómago. Por ello, hoy me rebelo contra el bullying. El bullying es parte de nosotros, de nuestra naturaleza, de nuestro rechazo a lo desconocido. Lo realizamos con una facilidad que congela el alma contra las personas que peor se saben defender de él. Al fin y al cabo, la valentía no es precisamente el punto fuerte del ser humano.

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¿Conoces el caso de bullying de Corey Maison?

Todos estos recuerdos han aparecido de golpe tras observar con atención el vídeo de Corey Maison. Una preciosa adolescente de 14 años que, sin duda, ha sufrido una de las peores variantes del acoso escolar o bullying. Ella ha padecido lo que los psicólogos llamamos disforia de género: un conflicto entre el sexo que se asigna al nacer, y el género/rol con el que realmente se identifica. En concreto, su sexo biológico corresponde al masculino, pero siente que su identidad es completamente femenina. Si mi yo de diez años, expuesta a las burlas de mis iguales por divertirme con los juegos que practicaban los niños, ya sufría y lloraba, no alcanzo a imaginar la valentía y la fuerza con la que Corey se ha enfrentado al rechazo sufrido durante su infancia.

A continuación, Corey Maison cuenta cómo otros niños se burlaban de ella por sentirse mejor en grupos de niñas.

Llegaron incluso a desearle la muerte, argumentando que “nadie le echaría de menos si moría”

Los más flemáticos dirán que los niños son crueles por naturaleza, y que no hay que tenerlo en cuenta. Pero, si continuamos con la historia de esta adolescente, observaremos también cómo actúa la faceta adulta. Cuando la madre de Corey le llevó a comprarse ropa femenina, muchos de los presentes comenzaron a reírse por la —a su parecer— extraña situación, y no contentándose con ello, decidieron capturar el “divertido” momento tomando fotografías con sus teléfonos móviles. Un niño probándose un vestido de niña, ¡qué locura! ¿En qué estará pensando su madre?

¿Por qué existe el bullying?

¿Qué nos empuja en esos momentos a hacer tanto daño a un niño de una manera tan letal? ¿Acaso no nos damos cuenta de que no todos los humanos somos iguales? 

Por supuesto, la base del acoso y la intolerancia se encuentra, sin duda, en la educación. Todos esos niños que condenan actos como los de Corey están influidos por las creencias transmitidas en sus propias casas. Por ello, debemos actuar en las nuevas generaciones para que esto cambie desde el día de hoy, enseñando a nuestros pequeños la importancia del respeto y la diversidad,  la diferencia de opiniones y gustos.

Ser diferente no nos hace peores personas, y hacer lo que pensamos y sentimos no nos hace extraños, sino auténticos. Sin embargo, creemos que la pertenencia a un grupo es importante, y que hacer lo mismo que los demás es  lo correcto. En otras palabras, somos, por lo general, unos estúpidos defensores de la cobardía. Que a una niña le guste el fútbol no le hace ser “un machurro”, le hace ser ella misma. Que un niño disfrute jugando con Barbies no le hace ser “una nenaza”, le hace ser real y verdadero. Se tiende a castigar a los diferentes a nosotros y a nuestro grupo.

Ejemplos como el de Corey nos hace ver que NO es inútil pelear contra la tormenta. Al final de la historia, el apoyo de su familia le guió hacia la felicidad. Sin embargo, por desgracia, no todas las familias son igualmente tolerantes. Así, tenemos que aprender que, antes de juzgar a los demás sin saber, debemos desenterrar de nuestro ser alienado un poquito de humildad.

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