Solomon Asch fue un eminente psicólogo que realizó el que seguramente uno de los experimentos paradigmáticos de la psicología social. Es el experimento que nombra el Síndrome de Solomon. Se realizó en el marco de sus estudios acerca de la conformidad. Además, Milgram era discípulo suyo, recordemos autor del Estudio sobre la banalidad del mal.

Síndrome de Solomon
Figura utilizada por Asch en su experimento

Si os pidiera responder a la pregunta planteada en la figura superior, aproximadamente el 99% de vosotros -según datos de Asch- respondería que la línea de igual longitud a la X sería la línea B. Sin embargo, ¿si os dijera que yo opino que es la línea C y no la B la similar a la X?

Es más, si no fuera sólo yo, sino que otras cinco personas apoyaran mi tesis de que es la línea C es de igual longitud que la línea X… ¿qué diríais? Según estos mismos experimentos, en torno al 37% de las personas accederíais a darnos la razón por el simple hecho de que somos más y estamos convencidos de nuestra elección, pese a que el 99% no estaríais de acuerdo con nosotros.

De acuerdo con este hecho asombroso mediante el cual se observa cómo, sin ningún motivo aparente, la gente se mostraba conformista con un hecho que resultaba a todas luces falso, surgió el denominado Síndrome de Solomon (en honor, obviamente, al ya citado Solomon Asch).

Apenas podemos encontrar literatura especializada que trate este “síndrome” per se. Sin embargo, el tema que subyace a éste es archiconocido en la psicología social; el miedo a destacar. Expresado mediante conductas que eviten ser discordantes con una masa más o menos homogénea de personas. Este miedo es tal que puede llevar, como hemos observado, a que más de un tercio de la gente declare estar a favor de un hecho que considera falso por simple presión social. Por miedo a ser diferente y quedar en evidencia.

El post no ha acabado, pero quizás te interese:

Factores que explican el Síndrome de Solomon

  1. El contexto

En primer lugar, es preciso señalar, como ocurre en toda la psicología social, la importancia del contexto. En numerosos artículos dedicados al Síndrome de Solomon se sugiere que se trata de un problema propio de personas con baja autoestima. Aunque evidentemente, estas personas son las más proclives a sucumbir a la presión social, es del todo ridículo pensar que un tercio de los entrevistados por Asch eran, casualmente, personas con baja autoeficacia. Por ello, es igualmente ridículo proponer una simple relación causa – efecto del estilo: Si te dejas llevar por la presión social eres un individuo con “baja autoestima y falta de confianza en sí mismas”.

Así, lo deja caer este desafortunado artículo de la revista Muy Interesante en el marco del Síndrome de Solomon. Por ello, quiero recalcar que el factor primordial de este miedo a ser diferente es de nosotros como colectivo. Estamos inmersos en una sociedad la cual juzga sobremanera los fallos y condena constantemente los éxitos de los demás. Llegando a estigmatizar a quien triunfa. En este sentido podríamos hablar durante artículos y artículos acerca de la envidia. Condenando a todos a una mediocridad basada en el miedo a no sobresalir.

Síndrome de Solomon2. Las diferencias individuales

En segundo lugar, y solo tras valorar los efectos del contexto, es preciso tener en cuenta las diferencias individuales. No es erróneo sostener que hay una relación de, como mínimo, correlación entre baja autoestima y Síndrome de Solomon. El error es simplificar esta relación como la única variable que entra en juego. Y, tratar el nivel de autoestima como predictor infalible.

El Síndrome de Solomon es, pues, un síndrome que nos alcanza a la enorme mayoría de los mortales. Sólo un 25% de los sujetos experimentales de Asch no cedieron en ninguno de los ensayos.  Momentos en los cuales la presión social se vuelve tan agobiante que “traicionamos” nuestra propia percepción visual. Todo a cambio de no sobresalir, por miedo a un estrepitoso fallo. El fallo sería, indudablemente, juzgado por los demás. Pero también, a un acierto que sería, igualmente, juzgado por una masa recelosa ante el bien ajeno.

El tratamiento ante este “mal” es tan simple como complejo: Tratar de ser indiferente a los juicios que los demás hagan sobre ti, pues nunca serás lo suficientemente bueno para el resto. Sin embargo, “si dices que no te importa lo que el resto diga de ti, mientes; y si no mientes, vete ahora mismo en tu nave a tu planeta porque no eres humano”. De esta forma, y desafiando el miedo a ser diferente, me despediré con uno de los lemas freak por antonomasia:

Larga y próspera vida.

PD. Echad un vistazo a este vídeo, en forma de humor, acerca de la influencia social en ascensores.

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